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La prueba

El mismo Cabernet Sauvignon

Potente y con cuerpo Sutil

Se percibió hasta 60 % más potente y con cuerpo que en silencio.

Heriot-Watt, Edimburgo · 250 personas · el mismo vino, cuatro músicas

Ver las fuentes
  1. North, A. C. «The effect of background music on the taste of wine». British Journal of Psychology, 103(3), 293–301. Heriot-Watt University, Edimburgo.
  2. Wang, Q. J. & Spence, C. (2018). «Assessing the influence of music on wine perception among wine professionals». Food Science & Nutrition. DOI 10.1002/fsn3.554. University of Oxford.
  3. Spence, C., Velasco, C. & Knoeferle, K. (2014). «A large sample study on the influence of the multisensory environment on the wine drinking experience». Flavour, 3:8. DOI 10.1186/2044-7248-3-8.

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Cada etiqueta tiene su tango

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Por qué Gardel

Para Gardel la mesa no era el lugar donde se come. Era donde se juntaba con amigos, conversaba durante horas y brindaba sin apuro.

Cuando se instaló en Nueva York para filmar con la Paramount, les pedía a los amigos que viajaban desde Buenos Aires que le llevaran botellas de vino mendocino. Podía comer en los mejores restaurantes del mundo, pero cuando quería brindar de verdad lo hacía con un vino de su tierra.

Ochenta y ocho años después, ese vino vuelve a llevar su nombre.

Walter Santoro
Nota de autor · Proyecto Vino Carlos Gardel
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Dicen que la mejor manera de conocer a una persona es sentarse a compartir una mesa. Si eso fuera cierto, pocos personajes resultarían tan fascinantes como Gardel.

Detrás del cantor que conquistó el mundo existía un hombre profundamente apasionado por el buen vivir. Le gustaba reunirse con amigos, conversar durante horas, brindar con un buen vino y disfrutar de una comida sin apuros. Para Gardel, la mesa nunca fue solamente un lugar donde alimentarse: era un espacio de encuentro, de amistad y de afecto.

Curiosamente, esa pasión nació mucho antes de la fama. Durante su adolescencia, cuando todavía luchaba por abrirse camino en la música, muchas veces cantó en fondas y cafés del Abasto a cambio de un plato de comida. Aquellas recorridas por bares y cantinas, que él mismo llamaba «hacer la bicicleta», le permitieron conocer los sabores de una Buenos Aires construida por inmigrantes italianos, españoles y criollos.

Fue allí donde empezó a descubrir las pastas italianas, el pesto genovés, el tuco, la farinata, el mondongo, las milanesas, el locro criollo, el puchero y el risotto —sobre todo el que preparaba la familia de José Razzano—, y la paella valenciana que cocinaba la madre de Isabel del Valle. La mesa, como el tango, era un punto de encuentro entre las distintas culturas que estaban construyendo la nueva identidad argentina.

Con el paso de los años llegaron el éxito y la fama, pero nunca perdió ese gusto por la comida casera. Su único enemigo era la balanza.

Cuando se instaló en Nueva York para filmar sus últimas películas con la Paramount, descubrió un pequeño restaurante italiano llamado Santa Lucía, muy cerca de los estudios de la NBC. Allí encontraba algo que ningún gran restaurante podía ofrecerle: comida con sabor a hogar. Su plato preferido eran los tallarines de don Gabriele, el propietario, cuya receta jamás quiso revelar.

Su secretario en Nueva York, Joe Plaja, recordaba que Gardel seguía dietas estrictas, aunque cada vez que pasaba frente a un restaurante italiano sonreía y decía con resignación: «Vamos, Plaja… me voy a acercar al peligro».

Pero hubo algo que nunca pudo reemplazar: el vino argentino. Mientras vivía en Nueva York, Gardel les pedía a los amigos que viajaban desde Buenos Aires que le llevaran botellas de vino mendocino. Podía disfrutar de los mejores restaurantes del mundo, pero cuando quería brindar de verdad, lo hacía con un vino de su tierra adoptiva. Aquellas botellas no eran solamente una bebida: eran un pedazo de Argentina que cruzaba el continente para sentarse nuevamente a su mesa.

Conquistó Buenos Aires, París y Nueva York. Pero nunca dejó de extrañar los sabores de Buenos Aires. Porque la buena comida, como el tango, tiene la extraordinaria capacidad de despertar recuerdos. Y para Gardel, cada copa de vino mendocino, cada plato de pastas, cada sobremesa compartida con amigos eran mucho más que una comida: eran una forma de volver a casa.

Por eso, cuando 88 años después surgió la posibilidad de crear el vino Carlos Gardel, elaborado en Mendoza, comprendí que no se trataba simplemente de lanzar una nueva etiqueta. Era darle continuidad a una historia que había comenzado casi un siglo antes, cuando Gardel pedía a sus amigos que le llevaran vino mendocino a Nueva York para sentirse un poco más cerca de su tierra. Hoy ese vino vuelve a llevar su nombre.

El sabor del éxito
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Carlos Gardel con anteojos de sol · recreación digital Recreación digital
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